miércoles, 22 de abril de 2026

Una vida hecha en arte

 


Mis primeros siete años de vida


Por Jesse Fonseca Camacho

Publicado originalmente en el blog Producción por Excelencia


A principios de los años 70, mi papá, Jairo Fonseca, había dejado su carrera militar y atravesaba un momento económico difícil. Un amigo suyo, Never Casas, le propuso una idea para ganarse la vida: dedicarse a la fotografía.


Desde entonces, lo recuerdo como un artista. Aprendió con pasión y le enseñó a mi mamá, quien luego se encargaba de vender el trabajo. Con eso, nos sostuvieron. Eran días difíciles para ellos, pero profundamente formativos para mí.


En mi habitación instalaron cortinas negras y tendieron "pitas" donde colgaban los negativos. El olor a bromuro, hiposulfito, hidroquinona... aún vive en mi memoria, como aquel bombillo rojo que titilaba en la noche mientras mis padres revelaban fotos en su “cuarto oscuro”.


De vez en cuando escuchaba sus discusiones técnicas: —¿Cuánto tiempo dejaste ese papel en el revelador? —Ese era para siluetear, no para corregir. —¿Mate, brillante o semimate?


Crecí entre ese lenguaje, vi a mi papá trabajar hasta el amanecer, sacando fotografías para dejarlas secando en el corredor de nuestra casa, en el barrio El Valle de Barranquilla. A diario salían a entregar pedidos por toda la Costa Caribe colombiana.


Años después, nos mudamos a Bogotá. Mi padre encontró oportunidades en la Aduana Nacional, un negocio familiar, pues mi abuelo había sido importador.


Mis primeros años de bachillerato los cursé en el colegio Siglo Veinte, justo detrás de los Estudios Gravi. Por las tardes, al salir de clases, veía pasar a los actores, los técnicos, los artistas… Era un mundo mágico. Lo miraba desde la acera como quien contempla un sueño.


Hoy, doy gracias a Dios por haber hecho realidad ese sueño: ser un realizador audiovisual. Y no cualquiera, sino uno que honra el esfuerzo de sus padres y la sensibilidad de aquel niño que creció entre sombras rojas, cámaras y papel fotográfico.